Veinte años después
Han pasado veinte años desde que este libro apareció en las librerías. A pesar de su declarada vocación juvenil, que no ha perdido, en cierto modo podemos decir que ya es
mayor de edad. Algunos me preguntan si no habría que modificar parte de sus contenidos o añadir otros nuevos, después de estas dos décadas. Aunque el tango diga que «veinte años no es nada», la verdad es que son mucho tiempo en la existencia de cualquiera, incluso de un libro...
¿Ha cambiado entre tanto la ética? La verdad es que no: lo que ha cambiado y mucho (no siempre para bien, desde luego: la crisis económica, el paro, etc…) es la sociedad. Si tuviera que escribir hoy este libro, lo que debería transformar son los ejemplos y las referencias sociales, empezando por el nombre de algún futbolista que menciono y que los adolescentes actuales tendrán que buscar en Wikipedia para enterarse de quién fue. Tampoco la mismísima Wikipedia existía hace veinte años, ni Twitter, ni Facebook, ni los blogs, ni... Alguno de los lectores más jóvenes se preguntarán cómo se podía vivir sin esas maravillas, ahora tan familiares. Sin embargo, juro que vivíamos, ni más ni menos que hoy. Y las preguntas que nos hacíamos sobre cómo emplear mejor nuestra libertad no eran fundamentalmente distintas a las que se están haciendo en este momento las chicas y los chicos que pueden leer esta página.
Por eso creo que el propósito con que fue escrito este libro sigue siendo válido. Ética para Amador nunca fue un recetario de soluciones –hay que hacer esto, no hay que hacer aquello– sino una invitación. ¿A qué? A reflexionar. ¿Sobre qué? Sobre la orientación que podemos dar a nuestra vida. Porque la ética consiste en intentar vivir a propósito, de un modo deliberado y consciente, sin limitarse a seguir como un borrego la rutina establecida, los mecanismos colectivos o imitando sin crítica a la mayoría de quienes nos rodean. Y esa reflexión a la que este libro invita tiene tres características que conviene recordar:
Es autónoma, o sea que cada cual debe pensarla por sí mismo y para sí mismo. No es una serie de mandamientos que hay que aprender, sino ideas y pautas para actuar que hay que comprender. Otras personas o los libros pueden enseñarte muchas cosas interesantes, pero vivir es una experiencia que nadie puede hacer por ti. Y vivir como de veras te conviene es una decisión que sólo tú puedes tomar.
Es laica, o sea que depende de tu capacidad de razonar y no de tus creencias, por respetables que sean. La ética no proviene de dogmas religiosos o políticos, sino de argumentos y conocimientos sobre los que cada cual debe pensar. Todos somos a ratos «creyentes» en esto o en aquello –suele depender de dónde hemos nacido y de la fe de quienes nos rodean– pero la ética está destinada a los momentos en que nos portamos como «pensantes».
Es alegre, o sea que se ocupa de cómo mantener y aumentar tu gozo humano de vivir. Obrar bien no es una penitencia ni el sufrimiento indica que se ha escogido el mejor camino. Es verdad que a veces comportarse como humanos racionales y libres comporta esfuerzo, incluso algún sacrificio. Pero el objetivo es mantener y aumentar la alegría de existir, que no equivale a aturdirse o a no querer ver los aspectos difíciles y hasta terribles de la vida. Aprender a amar la vida humana es aceptarla en sus placeres y también en sus dolores, pero procurando siempre hacerla más plenamente gratificante para uno mismo y para quienes la comparten con nosotros.
Cuando hace veinte años se escribió este libro, ésta era la invitación a reflexionar que quería transmitirse con él. Y sigue en pie, a pesar de las transformaciones históricas y sociales, como un reto estimulante y necesario para quienes son jóvenes… y también para quienes ya no lo somos tanto.
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